El campo de batalla, una gran explanada desérticay rocosa, se había convertido en un cementerio de armaduras y restoshumanos. Las tropas del señor oscuro seguían avanzando ycontinuaban su carnicería, los dioses oscuros les estaríanmuy agradecidos. El crepitar de cuerpos quemados se oía, mezcladocon los alaridos de terror de las tropas de los Ángeles Sangrientosque se defendían a muerte. Uno de los marines, poseído poruna gran furia nacida de la desesperación de la batalla, salto deentre las filas de sus compañeros que aún seguíancon vida, avanzó hacia las tropas del caos, y con gran furia blandiósu arma. La armadura de su enemigo, adornada con extraños símbolosbordados en oro, se agrietó. De su casco espacial, oscuro , salióuna risa irónica, que heló la sangre del marine. Este alzola vista mirando hacia las cuencas del casco, que despedían un fulgorrojizo como la sangre misma, antes de caer al suelo convertido en un cadáverensangrentado con la armadura hecha trizas.
Las tropas de Korakh seguían avanzando. Los marines continuabandefendiéndose como podían pero poco a poco iban cayendo comomoscas. Este ataque les había pillado por sorpresa mientras hacíanun recorrido de reconocimiento. Y todo había pasado de un simplepaseo, a una interminable carnicería. Los refuerzos tardarían en llegar, por lo que Juhigan,optó por una retirada hacia el búnker que se extendíaen una pequeña elevación del terreno rocoso, a unos pocoskilómetros de allí. Juhigan dio la orden por los transmisoresdel casco, y unos minutos después, los marines que aún seguíancon vida se marchaban, mientras que unos pocos intentaban cubrir la retaguardia.
Korakh, al ver la retirada de sus enemigos, comenzó areir. Una risa metálica se extendió por todo el campo debatalla, hasta que llegó a los oídos de los Marines. Estossintieron un escalofrío. Juhigan alzó la vista e intentóescuchar por los sensores de su casco.
- "Aquellos que huyen, son los que tendránuna muerte más lenta a manos de los dioses del caos".- consiguióescuchar entre el sonido de las armas.
Unas horas después las tropas sobrevivientes de Juhigan,se encontraban a salvo en el Búnker. Pero, ¿por cuántotiempo?. Sabían que en cualquier momento Korakh atacaríasu posición, y el lugar del refugio se convertiría en unamasa mugrienta de acero y sangre. La única esperanza era esperarlas tropas enviadas por el emperador, pero podía suponer un problemasi estos no llegaban a tiempo, por lo que Juhigan trazó un plande defensa.
Cogería todos sus efectivos y los colocaría específicamenteen los lugares más posibles de un ataque. Todo el armamento se utilizaríapara sobrevivir a esta batalla. Y si no lo conseguían moriríancon honor, pero esto solo era el esbozo de un posible plan.
Todo esto fue lo que pasó por la mente del Sargento delos Ángeles sangriento, sentado en una pequeña habitaciónde muros reforzados con una pequeña mesa de metal sobre la cualhabía una pequeña taza humeante que contenía una mezclade diferentes sustancias reconfortantes para el cuerpo humano.
De pronto la puerta ascendió, con el débil sonidodel escape de gas que hacía subir la puerta mediante un complejomecanismo de gases y válvulas desde el motor central. Uno de sussubordinados avanzó hacia su superior. Llevaba el casco en la mano,con la señal de los Ángeles sangriento en el entrecejo delmismo. Una gota de sangre con dos alas formaba la magníficaseñal de uno de los ejércitos más poderosos. El sonidode la armaduras al chocar contra el suelo del búnker se convertíaen un estrépito, debido al silencio reinante en la estancia.
- Señor, esperamos órdenes.- dijoel muchacho rubio.
Juhigan le miró con aire despreocupado. El que se habíapresentado para pedir órdenes no era más que un muchachode no mas de 20 años. "Pobre muchacho, todo lo que queda por vivirpasará delante de sus ojos cuando las tropas Korakh acaben con él,dios mío".- pensó. Aquel joven seguía mirando a susargento, ahora con cara de preocupación.
- Sargento,¿ se encuentra bien?, le nototenso.- dijo al fin el muchacho.
- No tranquilo....... ,¿cómo te llamas?.-preguntó tristemente.
- Abdón, señor.- contestó.
- Pues mira Abdón, te lo voy a decir claramente. Ninguno denosotros vamos a salir con vida de este maldito infierno, así quesi quieres te puedes largar corriendo, no advertiré a nadie.
- No señor, yo estoy aquí para servirle a usted y alemperador.
Estas palabras pronunciadas por aquel joven sorprendieron a Juhigan.Alzó la vista. Sus ojos azules irradiaban una increíble valentía.Parecía como si destellearon. El sargento comenzó a preguntaral muchacho con interés. Realmente le había sorprendido encomo había dicho aquello, con total seguridad y orgullo.
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí,Abdón?.- preguntó
- Un par de meses.- contestó.
El sargento continuó hablando con el pequeño reclutadurante un rato. Hasta que otro soldado cruzó el umbral de la puertaascendente. Se presentó como Math, quien comenzó a detallarun pequeño informe, no sin antes saludar a su superior.
- Hemos sufrido grandes pérdidas.- comenzóa decir.- No sólo humanas sino armamentísticas, ya que lasfuerzas de apoyo con el armamento pesado fueron aniquiladas junto con elflaco Oeste. Todos parecen nerviosos , incluido yo mismo, aunque con sedde venganza. Esperamos instrucciones, mandé a un recluto pero veoque se quedó....
- Abdón está conmigo porque yo selo he mandado, si es eso a lo que te refieres.- dijo Juhigan bruscamente.
- No.. no señor, yo sólo.....- contestóalgo sorprendido. Sabía que no era conveniente hacer enfadar a Juhigan,sus enfados no eran nada agradables de ver , ni de sentir. En cuanto susnervios se alteraban, sus puños se blandían como acero, yeso no era nada bueno para nadie.
Cuando Math se dirigía hacia la puerta para salir de lasala, fuera de la vista de su superior, este le explicó queya hablarían más tarde. Juhigan continuó hablandocon Abdón durante un rato más.
Una hora después Juhigan y Abdón salieron al corredorprincipal, lo atravesaron, hasta llegar a una gran sala, donde los supervivientesestaban reunidos sobre grandes mesas de metal mientras juraban entre dientesla venganza de sus compañeros, pidiendo por ello la destruccióny matanza de sus enemigos.
Juhigan se postró en la entrada, y allí se quedómirando al reducido ejército que quedaba. Unos momentos despuéstodos los soldados se dieron cuenta de la presencia de sargento con locual cesaron los juramentos y demás habladurías. Élera el único que llevaba la voluminoso armadura, a excepciónde casco ,todos los demás vestían ropas cómodas compuestaspor una camiseta , pantalones y botas. Abdón se dirigió haciaun grupo situado a la izquierda de Juhigan a no mucha distancia de él.
Estaba preparado para comenzar el discurso que había pensadohace sólo unos instantes. Ya no se sentía abatido por lasituación en la que se encontraba, refugiado en un gran búnker,ahora estaba sediento de sangre. Lo que quería era venganza.
- Bien muchachos. Cómo ya sabréis,estamos solos en esta batalla. Los refuerzos no llegarán hasta pasadoeste día, cuando los dos soles desciendan. Pero eso no nos importa,lucharemos. Sí, lucharemos y moriremos. No os puedo asegurar unavictoria, pero de lo que sí estoy seguro es que aquí se libraráuna terrible y sangrienta batalla. Porque somos los ángeles sangrientos,la legión que todos temen. Y eso es lo que hay que demostrar.
Cuando Juhigan terminó su pequeño e improvisadodiscurso, todos se levantaron gritando en forma de vítores y cancionesde guerra. Estaban con él y lo estarían hasta el final, deeso estaba seguro. Pero de lo que no estaba convencido era del resultadode esta lucha. Rápidamente comenzó a dar órdenes asu legión. Primero señaló al grupo del final, loscuales debían de revisar y sacar todo el armamento disponible. Despuésal que se encontraba al lado de estos, quienes salieron de la enormesala con la tarea de exploración por los alrededores del búnker.Y así hasta que todos estaban ocupados con los trabajos encomendados. Más o menos había contado a todos sus soldados mientras leencomendaba las órdenes. Tenía unos 150 efectivos
Varias horas después todo estaba listo para intentar repelerel ataque de las hordas del Caos. Aunque ellos eran más numerososJuhigan sabía que tenía a sus mejores tropas con él.Aquellas a las que el imperio respeta por su increíble destrezaen el campo de batalla. Por donde pasaban dejaban un rastro de sangre ydestrucción. Los Exterminadores eran bien conocidos por este hecho,y por su increíble resistencia. Y como sus preferidos estaba elescuadrón de la muerte, eso si que era luchar y morir en nombredel imperio.
En la sala de mandos todo estaba en orden. El soldado encargadode esta estancia comenzó a accionar varios botones de una de lastres consolas. Y de pronto tres monitores se encendieron. Se trataba delsistema automático de defensa, que estaba formado por dos ametralladoraspesadas colocadas dentro de una pequeña torreta. Así continuópulsando los distintos botones que se extendían por los mandos.Algunos se apagaban y se encendían de forma intermitente. La másutilizada parecía ser la consola del medio, que seguramente seríadonde se realizaban la mayoría de las operaciones.
Unos minutos después la compuerta que daba a la sala demandos se abrió ascendiendo hacia arriba de la forma rutinaria.Y Juhigan cruzó el umbral. Con el casco en la mano y con corte seriose dirigió hacia el encargado del sistema informático dedefensa.
- ¿Todo en orden Mathius?.- preguntóel sargento.
- Sí señor. Las torretas de defensaestán activadas. Los sistemas de misiles personalizados han sidocargados, aunque creo que no hay mucha munición para este sistema,y encima creo que está algo defectuoso. De todas formas se lo indicarémediante el plano.- dijo mientras se dirigía hacia una de las consolasy abría una pequeña portezuela situada debajo de la misma.
Cogió el plano y los depositó encima de una pequeñamesa en el centro de la sala. A continuación desenrolló elamplio folio. En este se podía ver un esquema completo del búnker,formado por la construcción principal y más grande en formade hexágono donde ahora se encontraban. De este salían variospasillos subterráneos que se comunicaban con otros búnkeresde menor tamaño. El más grande ellos estaba compuesto dedos niveles, y en los pequeños el segundo nivel sólo erauna pequeña estancia donde había un ascensor, allíestarían los que defenderían en primer plano.
-Aquí es donde se encuentran las torretas.-dijo señalando encima de los búnkers pequeños.- Dentrode ellas podemos encontrar, un bólter pesado con gran potencia defuego, aunque tampoco es una maravilla en comparación de la situación.En la gran torreta central.- dijo señalando encima del gran búnker.-hay un pequeño arsenal de misiles con, por supuesto , con un lanzamisilescon capacidad perforante, que será nuestra arma más útilcomo primera ofensiva.
Juhigan escuchó atentamente lo que aquel marine le dijo.Estudió todas las posibles estrategias, tanto defensivas como ofensivas.Necesitaban una organización adecuada para hacer frente a lo queles venía encima. Toda una tropa del Caos se abalanzaríansobre ellos en cualquier momento, y si esto fallaba todo acabaríaen un baño de sangre en el que ellos serían aniquilados comoa una cucaracha .
Después de pensar durante un rato mientras contemplabael pequeño plano, se marchó, no sin antes advertir que seactivaran los sistemas de defensa que le habían explicado. Un parde minutos después ya se encontraba sentado, devorándoselos sesos para encontrar algo factible, con lo que hacer frente a la situación.
Primero pensó en la construcción de los ejércitosenemigos. Las primeras filas estarían formadas por Marines del Caos.Personas que sirvieron al imperio, pero que vendieron sus almas a los diosesdel caos. Estas unidades, aunque eran en las que el ejércitose basaba, eran muy destructivas ya que se encontraba muy bien entrenadas,el mismo imperio se había encargado de ello. Los más seguroes que estuvieran los exterminadores. Sí, aquellos mismos que, posiblemente,fueron compañeros de sus soldados. Realmente eran una versióndemoníaca de ellos mismos, era como si todo su ejército sebatiera en un duelo a muerte con un espejo, donde se reflejaba un yo maligno.
Y así estuvo durante más de media hora, pensandoy temiendo el ataque. Pero eso todavía no ocurriría.
Al fin consiguió lo que necesitaban, una estrategia. Aunqueesta no era excesivamente complicada, ni pensada, creyó que seríalo más conveniente. Salió de su sala y mandó reunira todos en la amplia estancia. Mientras se dirigía hacia allísintió un sensación reconfortante. Ahora sabía quelo más seguro es que esta fuera su última batalla, y el seencargaría de que fuera recordada. Y estaba en lo cierto.
La puerta volvió a ascender. Y juhigan entró firmey dispuesto. Y sin mediar palabra alguna comenzó a explicar la estrategiade batalla.
- Los sistemas defensa han sido activados. Estosnos proporcionará fuego de cobertura para entrar en el primer ataque.James, Rudhi, y todos lo demás de tu unidad os colocaréisen los búnkeres para apoyar este ataque. Los demás iréissiguiendo mis instrucciones.- rápidamente un grupo de soldados salióde la sala, bajaron por los ascensores cruzaron el pasillo subterráneohasta los búnkeres pequeños, situado a los flancos del másgrande.- Vamos a necesitar todo lo que podamos dar. Y si hay que morir,se hará con orgullo y honra hacia el imperio.
La Unidad de exterminadores de broth se quedará en retaguardiahasta que yo lo indique. Momento en el cual atacarán, mientras quenosotros les cubrimos, y después les ayudaremos en el combate cuerpoa cuerpo.
Todo estaba preparado. La sencilla estrategia ya se habíadado a conocer a todos, ahora sólo faltaba ponerla en práctica.
Ahora todo estaba listo. Dos grupos de marines se encontrabadentro de los búnkeres, esperando al enemigo y mientras, los demásse preparaban para encontrar su muerte en el campo de batalla. De prontouna transmisión llegó hasta los sensores del casco de Juhigan.Ya estaban allí y avanzaban hacia su posición. Asíque salieron delbúnker.
Interminables filas de armaduras oscuras se extendíana lo lejos. Se podía distinguir un gran estandarte, en elcual se observaba una enorme calavera con un ojo y una cuenca oscura, consu gesto siempre sonriente.
Y así comenzó la carnicería. Los dos batallonesse echaron encima, el uno contra el otro, mientras que los marines resguardadosabrían fuego sobre las tropas del Caos. Poco a poco se iban acercando.Aún cuando algunos caían muertos por el efecto del fuegoenemigo, seguían avanzando con igual decisión. Parecíacomo si aquellas bajas no se hubieran producido, eran demasiados.
Korakh contemplaba la escena complacido. Puede que se llevarauna pequeña sorpresa cuando las primeras filas de su ejércitocomenzaron a caer por el efecto del fuego de cobertura que ofrecíansus enemigos desde los búnkeres. Pero todo parecía apuntarque esta victoria sería suya.
Ahora los dos ejército se encontraban a escasos metros.Los proyectiles de los bólters y demás armamento comenzarona actuar. Los cuerpos caían muertos, pero eran olvidados en aquelcaos de proyectiles y cadáveres. Y al fin las dos masas seunieron en una sola. Las armaduras se destrozaban y los cuerpos caían,siendo pisoteados por sus propios compañeros y enemigos. Las hachasde los ejércitos del caos bajaban y subían asesinando marinesen el proceso, pero siendo exterminados igualmente por sus enemigos. Todose había convertido en un remolino de golpes y proyectiles de laspistolas, que de vez cuando se utilizaban a quemarropa.
En ese mismo momento los exterminadores hicieron su aparicióncuando Juhigan dio la señal. Los marines se apartaron poco a pocopara dejar paso a sus expertos compañeros. Los disparos rebotabanen aquella armadura voluminosa mientras avanzaban. Cuando llegaron hacialas primeras filas enemigas comenzaron a disparar su armas y blandir susenormes garras de energía, que destelleaban con fulgorazulado. Y poco a poco se fueron abriendo paso entre aquella masa compactade guerreros. Hasta que se toparon con la horma de su zapato. Un grupode exterminadores del caos les esperaban escondidos entre sus compañeros,a modo de camuflaje. Y rápidamente salieron al encuentro de losángeles Sangrientos.
Juhigan contemplaba todo con grandes ojos de sorpresa y a lavez de furia. Vió como los dos ejércitos se fusionaban enuno solo, mientras las hachas y espadas subían y bajaban enel incesante remolino de golpes y alaridos.
- ¿Qué ha pasado con ese ataque demisiles?.- preguntó a la sala de mandos mediante los intercomunicadores.
- No lo sé señor, el sistema no funciona, y creoque argh... o nooo .....
Y de pronto la comunicación se cortó. El búnkerhabía caído junto con sus ocupantes. Sus enemigos habíansido más rápidos y astutos que él. Y esto se pagabacaro, pronto lo comprobaría. Terriblemente enfurecido empuñósu espada sierra y se adentró en el aquella cruel batalla. Blandiendosu arma consiguió abatir a un marine del caos que se preparaba aarremeter contra uno de sus soldados que aún combatía. Elarma penetró en la armadura, al tiempo que un certero disparo aquemarropa de su bólter le habría el cráneo, dejandoel casco hecho trizas.
Cuando el marine terminó de rematar a uno de los miembrosde Caos se dio la vuelta para dar un saludo a modo de agradecimiento asu salvador. Y en ese preciso instante, un certero misil cayó sobreél borrándolo del mapa. El impacto de la explosiónhizo que el sargento saliera despedido derribando a varios marines. Cuandose alzó lo único que distinguió fue un gran agujeropolvoriento envuelto en llamas.
Pero los obuses comenzaron a silbar otra vez. Juhigan hechóa correr apartando a sus compañeros, mientras se dirigíahacia las filas enemigas. En esta huida desesperada notó que alguienle seguía. Echó una rápida mirada hacia atrás,y vió un marine que le saludaba amistosamente. "Es él", pensó,"Es Abdón".
Aún así siguió corriendo adentrándoseen terreno enemigo. Todo parecía apuntar , a que la suerte estabacon ellos. Con una rapidez endemoniada, daba mandobles a diestro y siniestrohiriendo a cada uno que acertaba, mientras que su compañero losremataba. Bien con un tiro certero o con una rápida estocada.
Pero aquello se acabó pronto. A medida que se iban adentrandoveían cuerpos caídos de sus compañeros fallecidos.Estos eran los exterminadores, que aunque habían causado grandesbajas habían perecido en un intento masivo de destrucción.
Y al final la huida terminó. Los marines del Caos se fueronapartando para dejarles paso. Incluso los exterminadores abrieron sus filaspara dejar que ellos pasaran. Juhigan extrañado siguió corriendo,al igual que Abdón. Hasta que llegaron a un pequeño montículo,donde el terreno comenzaba ascender, formando una pequeña montaña.Y allí estaba Korakh, con su imponente armadura, y su capasiempre ondeante en el viento.
Repentinamente, el sargento cesó su carrera. Y Abdónse estrelló contra él, debido a la repentina frenadade la marcha. Juhigan se irguió ligeramente hacia delante y se irguiónuevamente. Abdón cayó al suelo y rápidamente se levantóapuntando o su pistola.
Mientras Korakh, en la montaña, alzó su enormehacha y señaló con ella a Juhigan. Este tiró su bolterque aún llevaba el la mano y señaló delante suya.Abdón comprendió al instante que se trataba de un reto. Korakhhabía retado a Juhigan a un reto a vida o muerte. Así queel señor del Caos comenzó a bajar lentamente, como si nole importara que se estuviera librando una batalla.
Llevaba una enorme armadura, con símbolos y trazos deoro. Bajaba lentamente sin ninguna prisa, como si aquello fuera un juegopara él. De su Casco sobresalían dos cuernos compuestos unamateria extraña, se curvaban y se alzaban por encima del casco.Tenía un aspecto realmente impresionante.
Un minuto después se encontraba frente a Juhigan, quienmiró hacia Abdón e hizo que se apartara. Korakh hizo lo mismo.Agitó su brazo levemente mientras su capa ondeaba, hasta que seformó un corro de armaduras oscuras. Y comenzó el duelo.
Juhigan alzó su arma y atacó a korakh con un fuertemandoble lateral. Este lo esquivó con una rapidez increíble,no evitando que este golpe le rasgara su capa. Seguidamente el señoroscura hechó una risotada al aire y contraatacó con su enormehacha dentada. Esta surcó el aire y golpeó levemente lashombreras de la armadura de su contrincante. Juhigan cayó al suelopor la fuerza del impacto. Cuando se disponía a levantarse volvióa ver aquella arma dentada que bajaba con furia hacia él. Rápidamenterodó sobre sí mismo , oyendo como el entrechocar del metalcontra la roca invadía sus oídos. Ese golpe habíaestado cerca de acabar con él.
Abdón miraba la escena con preocupación. El cascogiraba, intentando seguir la pelea al tiempo que rezaba para que su sargentono pereciera a manos de aquel engendro del Caos.
Se levantó rápidamente, para ver como Korakh avanzabahacia él lentamente. Agarró con firmeza el arma y mirófijamente a su contrincante. Estaba cansado. Respiraba vorazmentea través de los depuradores de aire instalados en el casco. Peroaún así no se dio por vencido. La única forma queél conocía para caer derrotado era la muerte.
Y eso es lo que pasó, fue derrotado. Juhigan se quedófirme en su posición, contemplando como su enemigo avanzaba haciaél. Podía sentir su odio, su esencia, que lo rodeaba y loinvadía , diciéndole que se uniera a ellos. Pero élquitó aquellos extraños pensamientos y voces de su mente,y arremetió contra korakh.
Con espada en mano y alzada sobre su cabeza corrió haciaél. Desembocó toda su furia y repulsión en aquel golpe.Su espada centelleó en el cielo humeante y el cálido olorde los cuerpos quemados, y chocó contra la armadura de su contrincante.La espada se quebró en dos pedazos. Y en ese momento la demoníacahacha cantó la serenata de la muerte, y Juhigan cayó al suelocon el arma clavada en el pecho.
Su cuerpo cayó lentamente, al tiempo que su sangre describíael arco de su caída. Mientras en el suelo miró, a travésdel casco por última vez, a su amigo que observaba la escena aterrorizado.Y aquí teminó su historia.
Cuando el señor oscuro se agachó para recoger suhacha de muerte notó algo en el mismo lugar donde aquel marine lehabía dado. Su armadura estaba ligeramente dañada, y unapequeña abertura afloraba. Y poco a poco, aquel rasguño seconvirtió en una profunda herida. La armadura comenzó a resquebrajarse,hasta convertirse en una gran abertura en su armadura. Aunque el sabíaque la herida no era mortal se quedó ligeramente desconcertado.Aquel golpe debería haber sido increíblemente potente parapoder dañar la armadura y a él al mismo tiempo. Volvióa coger su arma.
Abdón continuaba allí observando todo. Estaba asustadoy a la vez furioso. Vió como korakh se agachaba y recogíasu hacha, mientras se quedaba mirando el cadáver que antes habíasido su sargento. En ese momento desenfundó su espada sierra y supistola bólter y se dirigió hacia su asesino.
- ¿A dónde crees que vas?.- le dijokorakh con aquella voz metálica, sin dejar la armadura ensangrentada.
- A vengar la muerte de un amigo.- contestó Abdón.
Pero antes de llegar ante su oponente se paró. Veíacomo todos los cascos del ejército del Caos le miraban. Sabíaque aquello significaría también su muerte, y comenzóa sentir miedo.
- Vete.-comenzó a decir korakh.- Vete, ydi a todos que a comenzado la guerra. Hemos venido desde el ojo del terrorpara acabar con todos vosotros. Ve, corre, huye, porque serás alúnico que perdone en esta guerra.
Korakh alzó su hacha y con ella señaló lacolina por donde había bajado, indicándole el camino de suhuida. Abdón comenzó andar, primero, hacia ella, y mástarde sus piernas comenzaron a correr ascendiendo rápidamente porla colina. Sabía que aquello era una treta para que avisara al emperador.Pero en ese momento sólo pensaba en vengar a su amigo y sargentoy en como acabaría con él cuando todos se abalanzaran contraél con Abdón a la cabeza.
Y miró hacia atrás. Arriba en la cima de la colinapodía ver todo. Pequeñas torretas de humo ascendíanhacia el cielo, ahora púrpura, y se perdían. Los cadáveresenvueltos en su tumba de metal sembraban el rastro desde el, ahora, desvencijadobúnker hasta las interminables hileras de cascos y armaduras negras.
Volvió la mirada, y comenzó a caminar, mientrasoía la risotada metálica de todo un ejército. Ahorasólo podía esperar a la , ya inútil, llegada de losrefuerzos que le sacarían de allí para llevarle de vuelta.Pero antes de marcharse volvió a la cima de la colina y gritó:
- Sólo habéis ganado una batalla,aún queda toda una guerra por delante.