Aun hoy, si se sabe oír, se puedenescuchar las voces del Bosque. Ya no suenan alegres y en alto como unavez. Hoy, en la Edad del Hombre, los Resplandecientes ya sólo susurransus penas en los profundos bosques. Ellos no hablan de su propia tristeza,que les es demasiado profunda y está demasiado enmarañadaen su alma como para desprenderse, en su lugar, recitan historias que lamente trae a su paladar, y que igualmente desprende una gran zozobra.Expresado en su forma nativa, cualquiera de ellas sumiría al oyenteen una gran melancolía, sin embargo, esta se ha perdido, y expresadoen palabras mortales, nos queda apenas un reflejo de su belleza. Jamásme acercaré a su perfección, pero evitaré que su penacaiga en el olvido, conservando quizá algo de la inmortalidad delos Quendi.
Una de estas historias es la que habla de un pajarillo del bosque. Era como otro cualquiera, revoloteaba y jugueteabacon las demás, enzarzándose en las corrientes cálidas,elevándose entre las copas, y volviendo a bajar a travésdel ramaje, haciendo arriesgadas piruetas y giros. Y sin embargo, en algoera diferente. De vez en cuando, se detenía repentinamente sobreuna rama y se quedaba observando a sus compañeros del bosque. Sumente se tornaba entonces en duda, algo no encajaba, ¿ era ese sumundo? ¿eso era todo lo que debía hacer?. Pero siempre regresabajunto a los suyos y seguían jugando hasta llegada la tarde, cuandose arrebujaban juntos para evitar a la temida noche.
Quizás fue la casualidad, o quizásfuese ese su destino, que un día se quedó pensando poco antesde que los otros fueran a guarecerse de la noche, y sin darse cuenta sevio solo. En un primer instante sintió miedo, observaba los árbolescon impaciencia, pues veía como el sol se estaba acercando al horizonte,sentía que debía regresar, pero no hallaba la rama en laque los suyos se refugiaban.
Algo sublime ocurrió entonces, cuandoel sol acarició la tierra, el cielo comenzó a vestirse conmiles de tonos carmesíes y violáceos. Ante sus sorprendidosojos, se sucedió todo un complicado cortejo de luces que ondulabany se entremezclaban, antes de ofrecerse en sacrificio a la noche.
Nunca antes se había detenidoa observar aquello. Le pareció uno de los espectáculos másmaravillosos que jamás había contemplado, ¡ el cieloen su cenit *. No se movió de la rama en la que estaba. Cuando elbaile de la tarde acabó, creía haber contemplado lo másbello de la creación, pero aún le aguardaba una sorpresa.Ya se aprestaba a irse, y entonces apareció Ella. El joven mantode la noche, tejido en el principio de los tiempos con hilos de estrellas,encontraba su razón de ser en ese instante, en que, poco despuésde la danza fúnebre del sol, se erguía desafiante laLuna. Las estrellas mismas parecieron zozobrar cuando el ama de la Nochereclamó su lugar en el cielo, ascendiendo orgullosa de entre lascenizas del sol.
En aquel mismo instante el pajarillo supo quepara él nunca más brillaría el sol. Había vistola Luna, y a ella quería pertenecer. En ese instante se aprestóal vuelo, y decidió que cruzaría la tierra de los hombres,y la de los dioses, hasta llegar a las mismísimas puertas de lanoche para estar junto a la Luna.
Emprendió su viaje sin más dilación.Voló toda la noche con la mirada fija en Ella. Cuando salióel sol, no sintió su calor. Una sensación de bochorno y desorientaciónle invadió, ¿quiénes eran esas criaturas que se arrastrabanbajo el implacable y fiero sol ?. No las reconocía como sus iguales.Ellos no conocían la noche, su serenidad, su cristalina paz y el sosiego que envolvía a los que a ella se acogían.Se ocultó de aquellos que en el fondo compadecía por ignorarel secreto que acababa de descubrir.
A la siguiente noche reemprendió lamarcha. Conocía el camino, pues su amada siempre estaba ahí,inmutable, esperándole noche tras noche. Y él se dirigióinfatigable a su encuentro. Debía aprestarse pues cada vez se mostrabamás tímida y distante, envuelta en su manto azabache más y más profundamente, y temía que si no llegabaa tiempo, Ella desapareciera en las sombras.
Una noche, ya avanzada ésta, llegójunto a un solitario lago, en mitad de un prado, solo roto por la presenciade un árbol, más viejo y retorcido que la misma tierra,y que parecía guardar en sus caídas ramas todo el pesar delos años perdidos. Como se aprestaba la mañana, decidióresguardarse en una oquedad del árbol.
En aquel instante, oyó una voz quevenía del mismo corazón del árbol:
- ¿Quién vaga en la noche? .Pequeño pajarillo, tu no deberías estar aquí.
- Lo sé, pero tengo que encontrar ala luz que me guía.
- ¿La luz que te guía?. Comprendo.Yo también vine buscándola, pues sabíamos que teníasu jardín al oeste, pero cuando llegué no encontramos nada,y desde entonces tan solo estamos aquí. En otro tiempo hubiéramossanado esta tierra, pero estamos cansados, y muy pocos tienen ya la fuerza de antes. Ya no brillan las estrellas.
- ¿De verdad que La luna tieneun jardín? ¿es acaso este lago en que la veo, su espejo?Dime, guardián de todo lo vivo.
- Oh, mi pequeño amigo, no has comprendido.Yo hablaba de las señoras del bosque, ahora desparecidas junto contoda la belleza y luz del mundo. La luna es en efecto bella, pero ya nopertenece al mundo. Se elevó al cielo el mismo día en queel sol se puso por primera vez. Siempre había amado al sol,y por eso, también dejó la tierra. Como ya has visto, luna es inconstante, cambiante y enigmática como toda la noche.Se apresta a salir para ver – si puede – al astro sol, y remolonea hastacerca del alba, como ves en el cielo.
- ¿Quieres decir que nunca podréestar a su lado?
- Noto pena en tu voz, pero creo que a pesarde todo debes saberlo. No pertenecéis al mismo lugar, nunca lo habéishecho. Ella es eterna y tu mortal, Ella siempre estará en el cielo,rodeada de estrellas, y tu existencia pasará entre tus iguales,los habitantes del bosque. Ni siquiera la verás la próximanoche, pues ella no saldrá para esperar al sol. Y te digo que sirealmente la amas, deberás olvidar la idea de estar junto a ella,pues este lago que ves a mis pies es lo más cerca que podrásestar de ella. Lo siento.
- Bien, lo he comprendido. Que asísea –sonó su voz hueca-.
Dio un par de saltitos, saliendo de la oquedad,y quedando suspendido en una rama muy cercana al lago, donde viera quela luna estaba ya presta a irse. Y ahí estuvo, mirándola,nadie sabe cuanto tiempo, pues el dolor había roto cualquier medidaque el tiempo pudiera arrastrar. Tras una eternidad tan breve como un suspiro,abrió las alas y se dejó volar. No voló como un pájaro,pues ya no estaba vivo, su alma se había quebrado.
Su cuerpo inerte cayó al lago, juntoal reflejo de la luna, y desafiando en cierta manera el consejo del viejoárbol, quedó para siempre junto a una luna que ni era real,ni jamás llegaría a conocerlo. E inmutablemente, los primerosrayos del alba inundaron la escena, anunciando el final de la noche, ysin saberlo, también de un anónimo ser.
Imperceptiblemente, la rama se doblóun poco más, rozando ya la misma superficie del lago, y el árbolya no volvió a hablar nunca más.
Sabed que los pájaros nunca se aventuranen la noche no por miedo a aquellos que pueden arrebatarles la vida. Todosconocen la historia, y saben, al igual que todas las criaturas, que nodeben desafiar a su destino, pues difícilmente podrían soportarmás belleza que la que se les ha otorgado ver en Arda.